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Texto y fotografía:  Mikel Urquiola

Recorrer el kilómetro escaso que separa mi casa del ambulatorio el viernes 6 de junio, con más de 39º de fiebre, fue una odisea. Un maldito catarro me había atacado a 10 días de Hiru Haundiak. Más de dos años pensando en afrontar el desafío montañero en Euskadi por antonomasia y resulta que no podía ni moverme…

La incertidumbre propia de enfrentarme por primera vez a un ultra trail serio, de 100 kilómetros y más de 10.000 metros de desnivel acumulado, se incrementaba la semana previa con cada tosido. Al menos, iba a estar en Ondategi, en la línea de salida, con mis caramelos de miel y limón, aunque no sabía lo que aguantaría. Me tenía que dosificar, más si cabe. De menos a más era la consigna.

Más allá del reto deportivo, es el componente montañero y experiencial el que me había atraído y traído hasta Los Tres Grandes. Pasar tantas horas seguidas en la naturaleza, con una noche de por medio, buscar mis límites personales, gestionar la mente en los momentos bajos, tirar y tirar para delante sin desmayo fueron los ingredientes que buscaba para alimentar mi espíritu, ávido de nuevas experiencias.

Perfil de Hiru Haundiak

Perfil de Hiru Haundiak

Y a las 0:00 h. salimos 1.515 zumbados provistos de frontales, bastones y muchas sonrisas, rezumando el consabido aroma a esos productos que algunos se echan en las piernas para proteger sus músculos y articulaciones. Pese a que me había conjurado para no correr hasta la bajada del Gorbea, en el llano inicial me dejo llevar y troto para soltarme hasta Murua, donde comienza la subida tendida al primer grande. Poco a poco los grupos se van estirando y, en cuanto salimos del bosque, una imagen me fascina: una hilera de luces se ve delante y detrás, como una interminable luciérnaga que va curvándose en medio de la noche, con la luna llena como aliada y testigo. Me gusta ir al monte solo o en compañía reducida, pero me reconfortó el silencio y las formas que se generaban en estos momentos.

Son tantas personas las que andan delante de mí, que siento en los ojos y en la boca el polvo que se levanta de las pistas. Pienso incluso en ponerme las gafas de sol, pero creo que hubiera sido peor el remedio que la enfermedad. Aunque no se aprecia, sé que la cruz está próxima y hasta ella nos acompaña un pasillo de gente que anima con cencerros y sirenas, mientras el viento azota con fuerza las nubes bajas y nuestros cuerpos. Al fin arriba, al fin me permito correr persiguiendo la luz de mi frontal, sin alcanzarla nunca.

Para los que nos gusta correr monte a través e inventar caminos en la naturaleza, la segunda parte de la bajada hasta Ubidea se hace pesada con tanta pista. Y no quería lanzarme demasiado, recordando la frase de que lo que mata no es la bala sino la velocidad. También pienso en lo que me queda por delante y dudo, por momentos, que pueda llegar a Araia y disfrutar de la experiencia. Un ultra trail es un juego contigo mismo, dosificando y, a veces, limitando lo que el cuerpo y la mente te piden. Así que aprovecho a beber y a comer un sándwich de nocilla y parte de la tortilla de patata que llevaba. Sin embargo, tras pasar Ubidea, el modesto alto de Motxotegi se convierte en un oasis de naturaleza virgen en el que, además, me quedo solo, en medio de la oscuridad, siguiendo las luces que los voluntarios de la organización han puesto para orientarnos (desde aquí mi agradecimiento a los voluntarios que hacen posible todo esto).

A la par del río Urkiola alcanzo Otxandio, donde los ánimos anónimos vuelven a agradecerse y aprovecho el avituallamiento para recargar energías y continuar rumbo al puerto Urkiola. Se atraviesa un bosque que parece chulo en medio de la penumbra, pero, claro, es de noche, y no se ve mucho…

La primera claridad del día y unas vacas dormidas me reciben en la base del Anboto, según el tiempo previsto para llegar a ver amanecer desde arriba, y donde unos chavales se desgañitan con sus ánimos. Tras la bonita subida hasta Agindui, disfruto del amanecer desde la cresta, por encima de las nieblas que cubren el Duranguesado. Es uno de esos momentos mágicos de armonía y comunión con la naturaleza.

Amanece desde el Anboto

Amanece desde el Anboto

Abajo, en Zabalandi, comienza una de las partes más bonitas de Hiru Haundiak, con el Ipizte señalando el camino hacia el Orixol. Hacía tiempo que no estaba por allí y últimamente no había querido ir precisamente porque en Hiru Haundiak ya lo iba a recorrer. Porque el hayedo enclavado en el lapiaz, coloreado por los primeros rayos de luz y el frescor del alba, resulta mágico. Habían amanecido mis ánimos, ya podía sacar fotos, escribir mensajes a familia y amigos varios, compartir, en definitiva, la aventura de Los Tres Grandes.

El Ipizte se colorea al alba

El Ipizte se colorea al alba

Una vez alcanzado el Puerto de Kruzeta, la mente y los pasos se dirigen a Landa (km. 59), a la espera del tan ansiado avituallamiento y, sobre todo, del ánimo de mi chica, mis dos hijos y mi padre. ¡Nunca había comido una ensalada de pasta tan rica a las 10 h. de la mañana!

Tras pasar media hora en Landa, en las primeras rampas del Usakoatxa, las piernas recobraron el vigor, subía a ritmo y bajaba después corriendo alegremente. Sin embargo, el talón izquierdo comenzó a reivindicarse. Así, llegué al avituallamiento anterior al Mugarriluze sin saber si era una inflamación o una ampolla lo que me duele ahí abajo. Me encuentro con el marido de una prima y un amigo suyo. Paramos a ver el talón y lo tengo inflamado y coronado por una elegante ampolla. Lo curamos para sobrevivir.

Primer molino de la Sierra de Elguea

Primer molino de la Sierra de Elguea

Me asaltan las dudas. Empieza a doler de verdad, sobre todo subiendo y faltan 78 molinos y unos 30 kilómetros por delante. Le doy caña a la nocilla, los frutos secos y los dátiles. También, la conversación me ayuda a evadirme y pruebo a trotar. ¡Sorpresa!, parece que corriendo me duele menos, así que me despido de ellos y aumento el ritmo. Diviso el último molino y el dolor se atenúa, por lo que me lanzo a correr sin compasión.

Quedan menos de 20 kilómetros y soy consciente de que, si no me pasa nada extraño, finalizaré. Y como le contesto a un montañero que me anima cerca del Trango “queda lo más bonito”. Camino de Urbia, me lanzo a correr como más disfruto, saltando por encima de las piedras, jugando a esquivar los árboles, haciendo escorzos en el aire.

Después del esfuerzo, Urbia constituye un soplo de aire fresco, aunque haya algún tramo de pista, nunca me dejarán de emocionar los poljes como Degurixa o Urbia que tenemos en nuestros alrededores. He subido bastantes veces a Aitzgorri, pero nunca lo había hecho por esta ruta, por lo que no me cebo y subo andando tranquilamente. Me molesta la pierna, pero quiero disfrutar más, ¡es Hiru Haundiak! Por eso, desde la cima del Aizkorri vuelvo a lanzarme para abajo, saltando, cantando y gritando entre rocas y hayas. Los pies juegan a bailar con las ramas y las piedras.

Campas de Urbia

Campas de Urbia

Y, tras la cuesta de las vagonetas, llega el final. Busco con la mirada a la familia, para coger a Danel de la mano a medio kilómetro de la meta y lanzarnos en volandas animados por el público congregado en Araia. Corremos, saltamos y levantamos las manos. Hemos llegado!!

Ya llegamos!

Ya llegamos!

Fueron 17:05 h. de esfuerzo, emociones y satisfacciones. Una experiencia alucinante con la naturaleza y conmigo mismo, un viaje fascinante por mis tres montañas preferidas de Euskadi y, aunque la mochila no se rebozó esta vez de barro, se llenó de sorpresas, alegría y vitalidad.

En meta con mis hijos

En meta con mis hijos

 

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