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Texto y fotografías: Mikel Urquiola

Desde que hace varios años un programa de ETB como “La mirada mágica” nos permitió redescubir Euskadi “a vista de pájaro”, el desarrollo tecnológico nos posibilita disfrutar de casi cualquier paisaje desde el sofá de nuestras casas. Y ya no hablamos de los socorridos documentales de La 2. No, porque ahora podemos personalizar nuestra visión y así, elegir la perspectiva concreta de un paisaje. ¿Quién no ha “viajado” por Google earth en busca de una nueva perspectiva de un monte, su ciudad, o incluso su casa, con eso del street view? ¿Habrá alguien que no se sorprenda tras observar el Everest en una foto de 3,8 millones de píxeles? (aquí se puede ver: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/12/20/actualidad/1356032639_263309.html ). Y, si somos amantes de los deportes de aventura, podemos adquirir por un precio no desmesurado una pequeña cámara para instalarla en el casco o en el manillar de la bici.

Sin embargo, hay una perspectiva de la naturaleza al alcance de cualquiera y que resulta sorprendente, gratuita y sin artificios. No es otra que la visión de los niños y niñas. Hace poco estaba en una playa un día que el mar estaba en calma saltando las minúsculas olas con mi hijo de 3 años y medio. Él estaba realmente emocionado por las olas, tanto que lo que recordaba al día siguiente era que “¡las olas eran muy grandes!”. Y sí, realmente lo eran, porque colocando la cabeza a su altura, las olas parecían mucho más fieras, eran otras olas.   

Un sendero en izki

Un sendero en Izki

En la naturaleza sucede lo mismo. Cuando voy con mi hijo al monte, me gusta sentarme o andar de cuclillas a su altura y “ver con sus ojos” lo que nos rodea. Un sendero con unos helechos a los lados se convierte así en una angosta trocha, con unos árboles parecidos a las palmeras que quieren abalanzarse sobre nosotros. Si nos encontramos con una piedra que a los adultos únicamente nos exige alzar las piernas, para un niño o una niña puede ser divertido escalarla como si de un buen muro se tratase. Creo que por esto las cascadas le gustan tanto, porque, para él, la dimensión del agua que cae y la altura desde lo que lo hace resulta absolutamente espectacular. 

En un mar de helechos

En un mar de helechos

Si a esto le sumamos la bendita inocencia de la infancia, la naturaleza se convierte en el mejor escenario de juegos y sorpresas, sin artilugios, de una forma instintiva, creativa y directa. Pueden entrar en una cueva desprovistos de prejuicios sobre el temor a la oscuridad (a lo sumo, pensarán que algún oso vive dentro, y es que algunos cuentos infantiles no ayudan mucho…); pueden revolcarse en las hojas otoñales de un hayedo sin la presión de ensuciarse, o meterse en el tronco seco de un árbol, simplemente porque es divertido. Los adultos, encorsetados en la vida rígida del asfalto, diríamos que “son cosas de niños…”. 

Jugando a hacer figuritas de barro en una cueva

Jugando a hacer figuritas de barro en una cueva

Si el paisaje es la relación sensorial y la construcción subjetiva del entorno, los niños y niñas, o al menos los que conozco de esta edad, no se quedan embelesados por el paisaje que se aprecia desde la cima de un monte, sino que disfrutan más con otras miradas más cercanas. Y también necesitan tocar la naturaleza e, instintivamente emplean más las manos que los adultos, en una constante exploración de su entorno. Ir a la naturaleza con niños de 3 o 4 años (ya iremos narrando lo que les sucede a medida que vayan creciendo…) debería hacerse a su forma, no a la manera adulta, para permitirles descubrir el fascinante mundo que nos rodea. Esto sucede, por ejemplo, cuando nos subimos a los árboles, tiran piedras al pantano, remontamos un río con sandalias o descubrimos que debajo de un manto de nieve transita un curso de agua. Son sus paisajes, son sus perspectivas. 

Una ventana de un haya (la puerta estaba al otro lado...)

Una ventana de un haya (la puerta estaba al otro lado…)

Todo lo que decimos, callamos y hacemos comunica y educa a los más pequeños, que son verdaderas esponjas que absorben las influencias e interacciones de su entorno. Por eso, el ocio intergeneracional en espacios naturales constituye la mejor inversión educativa que les podemos hacer y un regalo para divertirnos en familia con los niños y niñas. Porque redescubrir la naturaleza con la perspectiva de los niños nos retorna a nuestros orígenes. Y a disfrutar en la naturaleza con los cinco sentidos. Todo es cuestión de jugar con las perspectivas y las percepciones. Y, por cierto, a mi hijo la perspectiva de embarrarse las botas y las manos le gusta mucho…   

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