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Texto y fotografías: Mikel Urquiola / Iñigo Gómez de Segura

En un rincón perdido de Álava, nos topamos con un río que nos sedujo, invitándonos a descubrir los secretos que esconde su primer kilómetro de andadura por la faz de la tierra. Un amanecer frío y claro nos empujó a seguir su cauce hacia las alturas, sumergiéndonos en la foresta que abraza su secreto, el lugar donde el agua abandona la tierra para respirar.

Espectaculares saltos de agua escondidos en el bosque

Espectaculares saltos de agua escondidos en el bosque

Una excursión río arriba constituye un buen pretexto para realizar una pequeña exploración, tratando de buscar la forma de remontar el río sin alejarnos de la corriente. Muchas veces, el camino que ha horadado el agua en la piedra no coincide con la ruta que el ser humano ha seguido para superar un portillo, como sucede en esta ocasión. Por eso, recorrer un río en busca de su fuente implica explorar, reconocer e interpretar el terreno para saber por qué ribera subir, cuándo hemos de utilizar las manos para trepar o cuando, simplemente, el río no nos permite ascender por su curso sin la utilización de cuerdas y se impone dar un buen rodeo. Poco a poco, andando, hacemos camino junto al río, aunque a veces los desplomes de las aguas las caprichosas formas que dibujan en el aire y los sonidos y cantos que su discurrir generan nos embelesan y atrapan, en un ensimismamiento similar al que nos crea mirar las llamas de fuego. ¿Serán las lamias que nos susurran al oído? En algunas cascadas, el agua se libera de la piedra y desciende en caída libre, mientras que en otras resbala sobre un tobogán de roca o a través de varias gradas. Luego, el agua se arremolina en pozas e, inquieta, continuará su descenso vertiginoso en busca de otro río donde verter su caudal.

Buscando el paso que nos permita seguir ascendiendo

Buscando el paso que nos permita seguir ascendiendo

Si, finalmente, alcanzamos su nacedero, a buen seguro que nos sorprenderá. A veces, la sorpresa se vestirá de pequeña surgencia entre unas rocas (como en este caso), otras, en forma de cueva  o incluso en forma de extraña charca que se alimenta de aportes subterráneos. Porque en estos nacederos, puntos donde las aguas subterráneas por fin ven la luz, la unión entre la superficie y el misterioso mundo de las profundidades toma forma. En ocasiones, lo hace en forma de paso o puerta franqueable para los humanos, pero en la mayoría de los casos como simples agujeros misteriosos donde solo nuestra curiosidad puede adentrarse. Ya os hablamos en otra ocasión sobre las aguas subterráneas (en la entrada  “Tras las aguas subterráneas”) y estos nacederos son su destino tras su periplo por el subsuelo.

El nacedero, entre las rocas

El nacedero, entre las rocas

Y son, precisamente, estas aguas las que construyen los barrancos, lentamente, horadando, arrastrando materiales, aportando humedad para que los musgos, líquenes y plantas formen sus coberturas, creando, en definitiva, hábitats ricos en especies, micro ecosistemas llenos de vida que harán nuestras delicias si les dejamos que nos sorprendan. Así, en Álava, podemos encontrar algunas pequeñas selvas acurrucadas en torno a un río, pequeños tesoros en forma de cascadas que tenemos que querer y preservar. Así, podemos desandar los ríos Zadorra, Ayuda, Nervión o Baias, entre otros, hasta dar con su nacedero y toparnos con alguna cascada en su curso.

Musgo, líquenes y plantas cubren las rocas

Musgo, líquenes y plantas cubren las rocas

O podemos escuchar la llamada de ese pequeño riachuelo que se cruza en nuestro camino, que nos invita a seguirlo corriente arriba. Y así variar el rumbo, siguiendo el instinto natural, dejándonos llevar, simplemente a ver qué nos encontramos. Esto es lo que más nos gusta. Por el placer de explorar, de ir contracorriente, de imaginar la evolución de nuestros paisajes y nuestra tierra, porque nos encanta que la mochila se llene de barro y el alma de sensaciones.

Los saltos de agua conforman bellos rincones

Los saltos de agua conforman bellos rincones

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