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Texto y fotografías: Mikel Urquiola

Me encanta contemplar una montaña y ver cómo, al variar la perspectiva, se reconvierte su perfil y nos enseña sus otras caras. En nuestro entorno, Anboto, por su prominencia, permite admirar su poderío desde diferentes puntos de vista. Ya sea en la llanada alavesa, en el Duranguesado o en Mondragón su presencia, cuando la niebla lo permite, atrae las miradas inquietas.

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Anboto triangular, desde Errekaundi

Pese a que no destaca por su gran extensión, en el parque natural de Urkiola existen diversas alternativas de actividades, en función de las experiencias y sensaciones que se busquen. En este caso, para alcanzar la cima del Anboto, conocer sus caras y otros parajes de Urkiola, vamos a describir dos itinerarios que no suelen estar tan trillados como otros: una travesía circular en forma de bucle y una ascensión vertiginosa. Dejaremos para una ocasión posterior otras experiencias subterráneas.

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Cresterío desde Larrano hacia el Alluitz, con el Untzillatz y el Mugarra de teloneros

La travesía – bucle parte de Atxarte, para remontar el collado de Artola, que se erige entre los farallones rocosos del Alluitz y el Astxiki. Siguiendo algunos tramos a través de un sendero y otros por medio de la intuición, se accede al collado de Larrano, una loma herbosa encajonada entre la roca, azotada por el viento y donde nos reencontramos con la vertiente sureña. Continuando por Asuntza, se llega hasta Zabalandi, a los pies del Ipizte, para ascender al Anboto, de frente, con la ayuda de las manos en algunos tramos y con la posibilidad de acercarnos al ojo de Bentanetan y ver la cara este. Desde la cumbre, nos deleitamos con una panorámica espectacular, damos último vistazo al norte y vuelta para abajo, por el hayedo. Ya sólo nos resta refrescarnos en la fuente de Pol – Pol y enlazar con el sendero que, en unos 3 kilómetros de bajada suave, nos conduce a nuestro lugar de partida y llegada. En total, suponen menos de 15 kms. y en torno a 1.700 m. de desnivel positivo, donde hemos disfrutado de las vistas desde la cima, hemos trotado por bosques de robles y hayas, hemos ascendido por empinados senderos y hemos negociado la roca caliza en estado puro, en una especie de abrazo al Anboto.

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Subiendo desde Zabalandi, mientras el Ipizte vigila desde Álava

Por otro lado, una ascensión vertiginosa al Anboto es la que desde Arrazola (o la ermita de Santiago) se dirige sin tregua a su cima, siendo el escenario del kilómetro vertical. No se requiere material técnico, sino solo un par de piernas atrevidas para superar unos 1.100 metros de desnivel en menos de 4 kms. El cambio del terreno es constante, se sale a través del bosque, para luego ir ascendiendo  acompañado de algún árbol solitario camino del pico del fraile, hasta llegar por la izquierda a la arista caliza, propia del Anboto, y encaramarnos a su punto más alto. Tras cada paso, el siguiente parece más exigente, pero encontrar un ritmo adecuado permite disfrutar del ascenso y sus paisajes. Desde Arrazola, Anboto es una de esas montañas que, aunque hayamos leído que por esta vertiente se puede subir sin necesidad de cuerdas, las dudas solo se disipan cuando, paso a paso, va cambiando la perspectiva, llegamos a la cima y ya nada nos separa del cielo. Podemos bajar por la misma ruta de ascenso, pero más interesante, si cabe, es bajar al collado de Zabalandi y regresar a Arrazola por Errekaundi, dejándonos guiar por el susurro del río y la magia de las hayas. Tras éstas, se impone la figura triangular del Anboto, con la cueva de Mari en su regazo; es la cara que nos faltaba por recorrer y, probablemente, la visión más alpina de esta montaña.

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Por aquí hemos subido…

En cualquiera de los dos casos, este cocktail de esfuerzo físico y contacto con la naturaleza resulta delicioso. Es el sudor que alimenta el alma, es la magia de la naturaleza, que nos hace sentirnos plenos.

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La mochila, esta vez impoluta, descansa en Zabalandi

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