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Texto y fotografías: Mikel Urquiola

El refranero popular aconseja no entrar en un lugar como un elefante en una cacharrería. Personalmente, nunca he visto a un elefante de semejante guisa, pero sí que es lo que siento, a veces, al ver cómo algunas personas interactúan en la naturaleza.

En muchas ocasiones y de forma inconsciente, vamos por la naturaleza a grito pelado, como si fuera el mismo escenario inerte del asfalto y no escuchando más que nuestra conversación y, si tenemos suerte, el tintineo de algún riachuelo cercano. Y nos perdemos mucho. Porque la naturaleza tiene una banda sonora que puede generarnos sensaciones inigualables. Sólo se trata de escucharla.

La naturaleza es un escenario sonoro, donde poder regodearse con los sonidos de los pájaros y otros animales, de los ríos o, simplemente, del viento arreciando las ramas de los árboles un día cualquiera. Con el simple gesto de amplificar la capacidad auditiva de los oídos con la ayuda de las manos, dirigiendo las orejas hacia algún punto y cerrando los ojos, se abre un nuevo mundo de sonidos y sensaciones. Así, lo que nos parecía el gorjeo de un pájaro solitario se puede convertir en el repique entre dos pájaros, o podemos descubrir cómo el agua discurre por un torrente ladera abajo.

El viento se erige en el director de orquesta condicionando el concierto que ofrece, de tal forma que en función de la dirección del mismo, escucharemos más si nos situamos de frente y, además, si hay algún animal cerca, tardará más en sentir nuestra presencia y huir despavorido.

Particularmente, prefiero escuchar a la naturaleza cuando el día despierta, porque con los olores que desprende, el hilo musical invita al optimismo. Y, así, hemos de encontrar una buena piedra para sentarse o una buena alfombra verde para tumbarnos. En un bosque de robles, ante un circo rocoso o, incluso, en una antigua cantera, como la que existe en las peñas de Egino, donde se concentran los sonidos.

Por la forma, genera una acústica curiosa

Sin embargo, al igual que sin el negro no existiría el blanco y sin la muerte la vida se desvirtuaría, escuchar el silencio resulta estremecedor. La primera vez que vivaqueé en un desierto, en una noche despejada de nubes y sin viento, el descubrimiento del silencio fue alucinante.

El viento teje la arena y cuando cesa, nace el silencio más absoluto

El ser humano infrautiliza actualmente el sentido del oído; ya no nos transmitimos mensajes entre poblados por medio de tambores, como sucedía en el África occidental o a través de silbidos como en los valles canarios y ya son pocos los que necesitan identificar el animal que escapa o se acerca en un bosque amazónico. Pero no podemos olvidar que el ser humano ha aprendido, evolucionando su instinto de supervivencia, viendo y escuchando a la naturaleza. Por eso, la escucha de la naturaleza nos acerca a nuestra naturaleza animal, a nuestro estado primigenio, a la casa de donde partimos cuando dejamos de ser nómadas y acabamos convertidos en urbanitas.

Tambor diola en la Casamance (Senegal), que servía para comunicarse las noticias entre poblados

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